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Una idea social y anónima que se materializó en la Escuelita de Antinaco

El "Hospital de Bicicletas" le regaló felicidad a 23 niños

Surgió todo como de la nada misma. Como la mayoría de las cosas buenas que nos pasan en la vida. Y hoy, pude ser testigo de lo que pueden lograr varias manos, cuando se juntan.

[Disfrutá el VIDEO de 7 minutos]

Llegué a mi lugar de trabajo a eso de las 3 de la tarde. Cuando llegué estaba estacionado en un camión de Pablo Toledo, Sergio Cataldo con su esposa María Eugenia, y su hijita Itatí. Estaban esperando para subir las bicicletas que los médicos voluntarios del Hospital de Bicicletas habían reparado, para 23 niños de la Escuelita de Antinaco.

Algunas bicis estaban desinfladas. Llevaban varios días esperando el momento. Intenté inflar una, y como era de esperar, resultó un completo desastre… hasta que llegó Fede Arguiano con su esposa Gaby. El Fede me quitó el inflador y en 20 minutos repasó todas las bicicletas para que todas lleguen bien a destino.

Luego llegó Mauricio Lozano con su esposa Betina, traían unas cositas ricas. Antes que ellos habían venido Ariel Cabeza con botellas de agua y chupetines; Kiosco Apu con bolsitas de sorpresitas y Blanquita Quintana con un riquísimo bizcochuelo, que se sumó a una caja llena de facturas de Mauro y la panadería Toledo.

Empezamos a subir las bicicletas al camión, mientras se sumaba Oscar Mora, tanteando el camino, puesto que es no vidente. Pero nada le impidió ayudar junto a su cuñada.

Diego, Johana, Zeta, Juan, Guada, Abril y Ezequiel hacían una cadena humana y se pasaban las bicicletas de una vereda a la otra, para que Gustavo Campos, sus hijos y su esposa Cristina se la entreguen en mano al experto “camionero bicicletero” de Sergito Cataldo.

Salimos a las 15:45 hacia Antinaco. Un camino de unos 50 kilómetros hacia la escuelita. Está escondida casi contra el Velasco, en un valle hermoso, rodeado de cerros y montañas a sus 360 grados.

Cuando llegamos, no ubicábamos la escuela… hasta que vimos una docena de niños de entre 4 y 12 años que nos gritaban y hacían señas a unos 100 metros.

“Aquíiii… aquíiii”, decían mientras agitaban sus manos.

Intentá recordar cuando tenías 10 años y te hicieron ese regalo que te cambió la vida. Bueno… ahora multiplicá esa felicidad por mil. Así se veían esas caritas cuando llegamos.

No estaban solos. Sus madres y maestras estaban junto a ellos. Los vecinos salían a las puertas de sus casas. No entendían por qué los niños gritaban con tanto entusiasmo y por qué una caravana de autos y un camión, venían tocando bocina!

Sergio paró el camión en la puerta de la escuela. La profesora Mirta agarró un puñado de cartas, cada una con el nombre de un niño. Y mientras leía sus nombres, cada niño -con una educación pocas veces vista- se acercaba al camión, impulsado por los aplausos y gritos de sus amiguitos y sus madres.

Primero con timidez, pero a medida que se acercaban al camión y veían la bici que les había tocado, sus dientes se veían más y más. Eran sonrisas genuinas, de niños que tienen poco y que se sorprendían, al ver que la vida les envió un regalo, sin pedirlo.

¿Y qué mejor regalo para un niño, que una bicicleta?

Agarraron las bicicletas y embargaron las calles y la plaza del pueblo. “Aquí tenemos tres bicicletas que se turnan para usar”, nos decía la Directora de la Escuela.

Comenzaron los primeros golpes… los pantalones llenos de tierra. Se sacudían y se volvían a subir… El mundo era de ellos!

Y mientras todo ocurría, las madres y maestras armaron una humilde mesa llena de bizcochuelos hechos por sus manos. Nos compartieron todo lo que tenían…

Pude ser testigo de ese momento. Pude verlo y disfrutarlo. Todavía siento el olor de la tierra que rodea la escuela. No puedo olvidar el sonido de sus voces, diciendo gracias… mirando a sus madres y maestras, para ver si de verdad esto estaba ocurriendo.

Algo que costó tan poco. Algo tan simple como una pequeña idea, que nació en las cabezas de anónimos que no sólo pensaron una idea, sino que también buscaron la manera de hacerla realidad.

Los alumnos de la escuela EPET1. Fundadores del Hospital de Bicicletas. Sus docentes y directivos. Y cuántas personas más que colaboraron con bicicletas herrumbradas. Con algún repuesto. Con mano de obra. Las bicicleterías de José Luis Tejada y Lorito Competición. Franco Juárez. Chulengo Villagrán, Infraestructura y Servicios. Famatina Hogar, Forrajería Orito, La Riojana… Y la lista es enorme.

Sé con certeza que todos los que pensaron y ejecutaron esta idea… este valioso gesto, no lo hicieron por ellos. No lo hicieron para ver sus nombres escritos en este texto. Lo sé porque lo pude ver con mis ojos. Lo que cada uno aportó… poquito o mucho, lo hizo por una enorme necesidad de hacer algo por otros. Para satisfacer esa necesidad que tienen nuestras almas, de hacer cosas que nos trasciendan.

Hoy aprendí nuevas cosas. Termino mi día totalmente lleno y agradecido.

Cómo no agradecer esta oportunidad que nos da la vida de ver a otras personas FELICES.

Nos va bien. Tenemos salud. Trabajo. Familias. Personas a quien amar y que nos amen. LO TENEMOS TODO!

Espero haber ilustrado aunque sea una pequeña porción de lo que hoy pude ver. Sé que no puedo acercarme a lo que pudimos sentir, pero al menos, se los quería contar. Para que quede escrito y jamás se olvide.


Josho Campillay

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  • Publicado por José Luis Campillay (Diario Chilecito) el Thursday 10 de August de 2017 a las 19:06 Hs.
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