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Interpretar civilizaciones ándidas apasiona por ser labor compleja, casi imposible

El fenómeno de la Chaya

Las liturgias basadas en mitos, cumplen la función de teatralizar las vivencias de un pueblo. La Chaya, una costumbre muy arraigada en el noroeste argentino, presenta muchos condimentos mitológicos, cuya raigambre se confunde con los aditamentos culturales que han ido “contaminando” el origen hasta llegar a un complejo presente. Al ser un festejo milenario, transmitido por la tradición oral, la interpretación “culta” solamente es a partir de antiguos escritos, viejas canciones, comparaciones con otros pueblos, pinturas, grabados o por recuerdos de los más viejos.

Mucho se ha contado y muchas son las dudas. También las certezas. Hablar de “Chaya” es acudir a una ceremonia indígena, propiciatoria y rogativa. Es una fiesta propia de las comunidades montañesas, coincidente con la época de abundancia de cacería, cultivos y agua. Está relacionada con personajes, propios de la mitología diaguita. Está documentada su relación con la cosecha de algarroba más otros frutos y tubérculos silvestres o no. La muerte es un elemento distintivo, así como una dimensión superior, invisible y espiritual. Su desarrollo está ligado a libaciones, ofrendas y liberaciones. Los sonidos, el canto, la danza, fomentan la algarabía y complementan el rito.

Este vertiginoso ritual, lleno de emociones, turbaciones, dramatismo; ha sido motivo de extensas interpretaciones desde la antigüedad. Prohibido por la iglesia, sincretizado por los jesuitas, incluido por el europeo dentro de sus carnavales, satanizado, santificado. Pero fue imposible que fuese invisibilizado. Joaquín V. González incluye un capítulo entero de Mis Montañas donde magistralmente relata y adjetiva lo que no entiende.

“...es la vida de la Chaya; es la fiesta misma, porque enciende los corazones, despierta las gracias y el entusiasmo, da ligereza a los cuerpos, alegría inusitada a los espíritus y alas a la musa de los poetas criollos, para improvisar y modular canciones que sacan de quicio a los caracteres más torvos y uraños…” Mis Montañas, Joaquín V. González

Muchos cronistas de distintos tiempos hasta hoy, se zambulleron en el dogma secreto que, cual narcótico espiritual, domina la curiosidad.

Poco es comprensible con los ojos de la civilización presente. Se ha adosado una leyenda de la niña “Chaya” como princesa y “Puyay” como pretendiente fiestero, quienes al no consumar su amor por cuestiones sociales y/o amorosas se desencuentran. La una, llorando en el monte se transforma en llovizna. El otro, apesadumbrado por su conciencia o su tristeza, se ahoga en alcohol hasta morir. Ambos, en una suerte de resurrección anual, regresan todos los febreros. El Puyay se desentierra y la Chaya llora garúa, pero el drama se repite, ahora acompañado por comparsas y por pacotas que festejan y sufren a la par de la pareja que inevitablemente revive su drama final.

A nuestros días ha llegado una gran mezcla que tiene destellos de divinidades ancestrales, laboreos antiguos y los festejos en comunidades vecinas. El “tinku” de Jujuy y Bolivia, Las Comadres de Jujuy, la Chaya de Tucumán y Santiago. El Tinkunako riojano, el carnaval europeo. La cimbra, la chancada, la bendición de los frutos, las cosechas, las vendimias. La muerte, las ánimas, la resurrección. El hambre, la sed, el miedo. Todos elementos que dan complejidad y más misticismo, pero como todo acto de fe, no propicia la explicación lógica que se pretende buscar.

Después vendrán las disputas, si el muñeco de trapo se llama “Puyay”, “Pujyay”, “Pucyay” o “Pusyay”. Si éste se entierra o se quema. Si es Chaya o carnaval. Si se usa o no pintura.

La Chaya solamente se entiende desde el sentimiento. El lamento de las copleras, el ronquido del chayero, la vibración de la caja… los sonidos de la montaña.

El Puyay, la Cuma, el Cumpa, la Guagua, el Chiqui, La Cueca, El Cura, son todos engranajes de un simbolismo potente, que guarda una historia secreta que solamente se refleja en el alma ancestral de las montañas riojanas, aunque tengan misiones emotivas, risueñas y dramáticas.

Provoca cada vez más fascinación del forastero que vibra al salto de las pacotas, en un ambiente de montaña, contenido en el golpe de las cajas chayeras, aturdido con la el chillido de las chirleras, atado con el hilo de las vidalas que suben cual humo del fogón de la amistad o envueltos en la polvareda de harina que se corona de gritos casi salvajes.

La Chaya es el compartir, es la solidaridad, es la igualdad social por unos días para aplacar la soberbia. Es la forma natural como Dios quiere representarse a esta América del Tinkunako, de Guadalupe o del Valle.

Y aunque siempre esté la mirada maliciosa, atenta a sacar provecho o demonizar los “bienes” ancestrales, el origen no es ni la carne, ni el diablo, ni lo pagano.

La Chaya surge como el bien mismo de la alegría, del desahogo, del amansar las cuitas cantando, del ahogar las penas chayando, del mitigar los dolores compartiendo, de rememorar el pasado, tomando...

Hoy, en muchos comercios chileciteños, casas y plazas se exponen los “puyays”, se regala albahaca y se augura “Feliz Chaya”. En las plazas se venden cajas chayeras, en los patios hay cultivos de albahaca, varios en un barrio juntan “fondos” para harina, asado y vino del topamiento.

Tan metida está en nosotros que el Himno Provincial sintetiza las sacralidades mitológicas y religiosas de nuestro pueblo: “Por cerros “chayeros” de nieves eternas, tu orgullo indomable y tu amor a Dios”.

El Famatina, la Chaya, la Patria, el hombre… Dios mismo.

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  • Publicado por Leopoldo Badoul (Lector colaborador) el Thursday 11 de February de 2016 a las 16:11 Hs.
Fuente: Foto de Tapa: Matías León
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