En mayo de 2012, un operador de SuperCanal le advirtió al gerente de Canal 5, que sería borrado de la pantalla, por difundir manifestaciones de protesta contra el gobierno de Beder Herrera. (Ver video)

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Un cuento para compartir...
“Mi Amigo, el Linyera” (primera parte)
Son personajes que solemos ver deambular con curiosidad al pasar por las calles de nuestra ciudad, característicos de cada pueblo por ahí andan dando vueltas,con sus perros hambrientos, parando en cada recobijo que lo alberga, comiendo sobras, contando historias, sembrando miedos, curiosidades y penas. El linyera como signo de un sistema excluyente, o como la imagen del dolor y la desesperanza viva, que no desea estarlo, pero que subsiste a todos los tiempos, acompañados por un vinito en caja, enarbolados de sobras que la sociedad ya no necesita.
Buscando un tema para compartir con los amigos lectores, me tope de lleno con un libro de tapa color borravino y un título que copa la tapa “Destino Rabioso”, de la autora Gladis Abilar, y me pareció acorde compartirlo con ustedes.
UN CUENTO PARA COMPARTIR:
El linyera revolvía con un palo el sucio y maloliente basural. Una densa nube de moscas zumbaba a su alrededor. Algunas se le enredaban en su barba larguísima y apelmazada, cuyos contornos desaparecían entre los bigotes. Llevaba el cabello muy crecido y sucio como catarata de lodo. Debió de haber sido negro, pero luego el color fue degradándose hasta un marrón cobrizo claro entreverado con mechones canosos.
Christian regresaba del colegio a la hora acostumbrada, pero no por el camino acostumbrado. Ese día quiso cambiar la rutina, a pesar del enojo que iba a generar en su madre. Ya lo había hecho un par de veces, pero ella no llegó a enterarse. Era muy estricta y sobreprotectora y lo reprendía cuando alteraba el orden impuesto, casi sin piedad. A Christian le divertía hostigar a Ronco, el perro de José Luís —un compañero antipático y chupamedias cuyo talento le alcanzaba sólo para cosechar enemigos— con una varilla a través de la reja; “cada dueño tiene el perro que se merece”, le había dicho en una ocasión su hermano mayor. El animal era lunático e irascible.
Apenas un cuzco revoltoso que causaba más ruido que una jauría en un baúl. Christian lo provocaba, desde la vereda, azuzándolo, burlándolo con gestos, sonidos, y la varilla nerviosa que chicoteaba entre reja y reja, enfureciendo al animal de ojos saltones, negros como bolitas de alquitrán. El ladrido, cada vez más apretado, se volvía finito de a ratos, y se entrecortaba por una extraña ronquera que le podaba la voz. Presa de una gran iracundia, Ronco corría de un lado a otro, saltaba y rebotaba como una pelota.
Pero ese día, el pestillo de la puerta de hierro no estaba bien cerrado; la punta apenas tocaba la armella sin llegar a atravesarla. Los cimbronazos producidos por el desaforado animal, hicieron que la puerta cediera. Christian logró presentir el peligro antes de que el perro descubriera la puerta abierta, y emprendió una carrera loca para poner distancia entre sí y el cuzco que ya ganaba la calle. Potenciado por el malhumor concebido en burlas anteriores, Ronco devoraba la distancia rozando apenas el suelo, disparado como bala de cañón. El niño corría enloquecido sin dar tregua a sus piernas, que ya desfallecían. Ronco se le acercaba cada vez más, y Christian sintió los dientes del perro rozar su zapatilla. Hizo un último esfuerzo y ganó apenas unos metros de distancia. Distancia que Ronco volvió a acortar. Christian advirtió que se le cerraba el pecho a punto de estallar. El corazón le palpitaba en la garganta. En medio de su aturdimiento, y cuando las fuerzas lo abandonaban, divisó el baldío que se abría a un costado y se metió en él seguido por el tozudo animal.
Tal alboroto en la calle llamó la atención del linyera que, al ver la escena, se arrancó del basural donde estaba metido y atravesó el terreno al encuentro del niño, en el preciso instante en que el perro saltaba para atacarlo por la espalda. El viejo se interpuso entre ambos y Ronco impactó contra el pecho del hombre de barba. Se le pegó como una sanguijuela y empezó a morderlo con devoción de piraña. El animal estaba encarnizado y no había modo de distraerlo de su tarea. El hombre manoteaba al perro desesperadamente tratando de sacárselo de encima. Lo tironeaba hacia fuera pero el cuzco no se desprendía, al contrario, se estiraba como banda elástica volviendo a su posición de ataque. La escena de violencia, de depredación, parecía durar una eternidad, mientras el anciano empezaba a sangrar notablemente, ante la mirada estupefacta y estremecida de terror del niño. Christian observaba desde su indefensión, acurrucado entre unos escombros, al hombre que se debatía en su lugar con el colérico animal. Por fin, el ciruja logró un movimiento certero que arrancó de cuajo el cuerpo duro y caliente del perro que babeaba sangre. Lo arrojó lejos, como si fuera un cascote. Y sonó como tal, al estrellarse contra la tapia de adobes resecos. Se oyó un aullido filoso y luego Ronco desapareció.
El hombre miró a su alrededor buscando al niño. Y lo vio. Oculto detrás de un pedazo de pared, lloraba en silencio, bajo el temblor que sacudía su cuerpito trémulo. El linyera se le acercó para calmarlo, pero el niño se contrajo, evadiéndolo. El aspecto del hombre lo asustó: la cara desfigurada, los harapos desgarrados, el pecho sangrante, las manos rotas. No se correspondía la magnitud del daño producido con el tamaño del agresor; pero sí con su ira. Intentó limpiarse la sangre con un poco de pasto, arregló sus exiguos guiñapos y acomodó la catarata de lodo que hacía las veces de cabellera. Se sentó cerca de Christian y lo miró con sentida consideración.
—No tengás miedo. No te voy a hacer nada —dijo con voz quejumbrosa.
—Está... está todo lastimado... por culpa mía... —sollozaba el niño.
—No importa, ya se me va a pasar. En cambio, si te hubiera pasado a vos... capaz que no contás el cuento. Tranquilizate —el niño seguía llorando y ocultaba la cara entre las manos—. ¿Por qué llorás? Te dije que ya pasó. El perro se escapó, se fue.
—Perdí mi mochila. Mi mamá me va a pegar —un llanto desconsolado le cortaba las palabras. El hombre se compadeció y no pudo evitar una sonrisa, a pesar de su estado maltrecho y desfalleciente.
—¿Eso es todo? Bah, como si fuera tan grave. Vení, te acompaño a buscarla.
Le tendió la mano, lo ayudó a levantarse, y juntos emprendieron el camino de regreso. Hallaron la mochila a una cuadra, cerca de donde habitaba Ronco.
— Andá, andá a tu casa antes de que tu madre te eche de menos.
— ¿Y a vos, quién te va a curar?
—Yo me las arreglo. Al fondo del baldío pasa una acequia. Ahora voy, me lavo, y listo. No más heridas —dijo el viejo pasando su callosa mano por la cabeza infantil—. No digás nada a nadie de lo que pasó. Te pueden retar. Es un secreto entre vos y yo, ¿de acuerdo?
—Sí —respondió Christian, con incipiente complicidad—. ¿Cómo te llamás?
—Alfonso —dijo el otro. (Continua segunda parte…)
Alejandro Daruich (h)
